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Cuidar gafas natación

Cómo cuidar las gafas de natación después de la piscina para que duren

Cómo cuidar las gafas de natación después de la piscina para que duren

Unas gafas de nadar no se estropean porque sí. Lo que las acaba matando casi siempre es la rutina: dejarlas tiradas en la bolsa mojada, frotarlas por dentro con la toalla, aclararlas con agua caliente o secarlas al sol encima del coche. Si cambias cuatro cosas al salir del vaso, la misma montura te aguanta temporadas sin que la lente se vuelva lechosa ni la junta se endurezca.

Aquí va lo que conviene hacer, por qué, y lo que es mejor no tocar.

Qué le pasa a unas gafas dentro del agua

Las gafas de piscina sufren tres cosas a la vez. El cloro ataca las juntas de silicona y la correa: no las rompe en una tarde, pero las va endureciendo y les quita elasticidad, hasta que un día la correa se parte al estirarla o la junta deja de sellar. El agua salada hace algo parecido, con el añadido de los cristales de sal que quedan al secarse. Y el interior de la lente lleva un tratamiento antivaho muy fino, prácticamente una capa invisible, que se desgasta cada vez que lo frotas con el dedo o con un trapo. Si son de competición, mira gafas de natación de competición.

Si entiendes esto, el resto cae solo: hay que quitar el cloro cuanto antes, no tocar el interior, y guardar las gafas secas y a la sombra.

Nada más salir del agua

Lo primero, un aclarado con agua del grifo, fría o templada. No hace falta jabón ni productos: lo único que buscas es arrastrar el cloro y los restos de sal o de productos de piel (crema solar, aceites corporales) antes de que se sequen pegados al plástico. Si las dejas con el cloro encima hasta el día siguiente, estás alargando ocho o diez horas la agresión química sobre la junta.

Pásalas por el chorro por fuera y por dentro, con cuidado. Si tienen correa de silicona y puente también de silicona, aclara toda la pieza. No uses agua caliente: el calor acelera el envejecimiento del plástico y puede deformar el puente, sobre todo en modelos de puente fijo.

El error más caro: secar el interior de la lente

Es un motivo habitual por el que unas gafas que iban bien empiezan a empañarse al mes. El tratamiento antivaho es una película que trabaja justo en la cara interna del cristal. Si la frotas con la toalla, con la camiseta o con el dedo, te la llevas por trozos. El resultado es que, pasadas unas semanas, la zona frotada se empaña y el resto no, y acabas nadando viendo manchas.

La forma correcta: sacude las gafas para quitar las gotas gordas y déjalas secar al aire, boca abajo, apoyadas por los lados. El interior se seca solo en diez minutos. Si tienes prisa, da un toque con un paño de microfibra limpio por fuera, nunca por dentro.

Cuando notes que vuelven a empañarse pese a cuidarlas, lo normal es que el antivaho ya haya cumplido su ciclo (todos los tratamientos se gastan con el uso). En la página sobre por qué se empañan las gafas de natación está explicado qué puedes hacer entonces y qué productos ayudan.

Dónde guardarlas entre entrenamientos

La bolsa de piscina mojada, con la toalla húmeda encima, es lo peor. Humedad constante, calor y roce: la correa se marca, la junta coge olor y la lente se raya con la cremallera o con las llaves.

Lo ideal es una funda o estuche rígido, de los que vienen con muchas gafas de competición, pero solo cuando las gafas ya están secas. Guardarlas mojadas dentro del estuche cerrado es casi peor que dejarlas en la bolsa, porque no respiran. Si no tienes estuche, un bolsillo aparte de la mochila, separadas de las chanclas y del bañador, ya es un salto. Y nunca en el salpicadero del coche en verano: el salpicadero al sol pasa de los sesenta grados con facilidad y ese calor estropea las gafas.

La correa, el puente y la junta

La correa de silicona se cambia. En muchos modelos es desmontable y se puede cambiar. Cuando la notes acartonada, con grietas pequeñas o que ya no estira igual, no esperes a que se rompa en medio de una serie: cámbiala. Lo mismo con el puente nasal en las gafas que lo traen intercambiable, como ocurre con varias gafas de nadar de rendimiento que traen puentes de distintas tallas en la caja.

La junta (la pieza blanda que sella alrededor del ojo) no se puede reemplazar en la mayoría de modelos, así que es la que marca la vida útil real de las gafas. Para alargarla:

  • No la aprietes contra la cara más de lo necesario. Si tienes que apretar mucho la correa para que no entre agua, probablemente la talla del puente no es la tuya; mejor ajustar la medida que forzar la junta.
  • No las dejes puestas en la frente mucho rato fuera del agua: el sol y el sudor combinados aceleran el deterioro.
  • Nada de alcohol, acetona, lejía ni toallitas desinfectantes para "limpiarlas". Agua y, como mucho, un jabón neutro muy suave por fuera.

Si las gafas son de un niño, el problema añadido es que a los críos les cuesta ponérselas sin tirar de la junta con los dedos, y ahí es donde más se deforma. Explicado con detalle en cómo ajustar unas gafas de nadar a un niño para que no entre agua.

Lentes espejadas: un cuidado extra

Las lentes con acabado espejo llevan una capa metalizada por fuera, pensada para reflejar la luz en piscinas muy iluminadas o al aire libre. Esa capa es la parte más delicada de la gafa: aguanta bien el agua, pero fatal el roce en seco. Si limpias un espejo con el pulgar lleno de arena o con un trapo áspero, salen rayas finas que no se van.

Para una gafa de espejo, el procedimiento es el mismo (aclarar, sacudir, secar al aire), pero con la regla extra de no frotar nunca la cara exterior en seco. Si hay una gota con cal, se moja primero y se seca después con microfibra, sin presión. Guárdalas en su funda.

Mar, piscina exterior y cloro fuerte

Si alternas piscina cubierta con mar o con piscinas tratadas con mucho cloro (típico en verano), el aclarado es todavía más importante. La sal cristaliza al secarse y se mete entre la junta y el marco; el cloro concentrado reseca la silicona en pocas sesiones. En estos casos, además del aclarado al salir, viene bien un remojo de un par de minutos en agua limpia una vez por semana, moviéndolas despacio para que se suelte lo que haya quedado dentro de las juntas. Si nadas en abierto, mira gafas de natación para piscina o para aguas abiertas.

Fuera del agua, el sol directo es el otro factor que resta meses de vida. El ultravioleta amarillea el policarbonato y vuelve rígida la silicona. Secar las gafas en la toalla al borde de la piscina está bien diez minutos, no toda la tarde.

Cuándo ya no vale la pena insistir

Hay tres señales claras de que unas gafas han llegado al final: la junta se queda marcada en la cara pero sigue entrando agua (ha perdido elasticidad y ya no sella), el interior de la lente se empaña aunque uses antivaho nuevo (el plástico está rayado o la película original está arrancada en gran parte), o la correa se parte por segunda vez en poco tiempo (toda la silicona está igual de cansada, cambiar solo la correa no soluciona nada).

Antes de llegar ahí, muchas veces el problema no es que las gafas estén viejas sino que nunca fueron de la talla correcta y la junta se ha deformado por compensar con tensión. Si vas a por un modelo nuevo, mirar cómo medir el puente de la nariz ahorra ese ciclo de "me entra agua, aprieto más, se me gasta antes".

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